viernes, septiembre 01, 2017

Diccionario toponímico y etnográfico de Hispania Antigua

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Sus casi 600 páginas recogen la amplia nómina de poblaciones y etnias de la Hispania antigua, todas aquellas documentadas por los textos clásicos o la epigrafía, también sus deidades y santuarios, cecas, accidentes geográficos, circunscripciones administrativas... unas tres mil entradas (por ejemplo ABULA) con indicación de su localización actual (Ávila), filiación étnica (VETTONES), adscripción administrativa romana (Conventus Emeritensis), episodios históricos, restos arqueológicos, emisiones numismáticas, fuentes clásicas o epigráficas que la documentan, interpretación filológica del nombre y lengua de procedencia... etc.

La información ofrecida en las entradas relativas a etnias o tribus se presenta en forma aún más extensa, ya que retrocedemos a los antecedentes de dicho pueblo en la edad del Bronce a fin de ofrecer una panorámica sobre la evolución de la identidad con que aparecen en época histórica (por ejemplo, para nuestros VETTONES: Cultura de Cogotas – Soto de Medinilla - Orientalizante Tartésico – celtiberización – mundo romano). Nos detenemos a continuación en su estructura social, rasgos culturales e ideológicos, su lengua, sus dioses, sus costumbres.., e incluimos finalmente una información detallada sobre sus hechos históricos, el nombre de sus ciudades, su relación con otras etnias o con el mundo romano, sus restos arqueológicos …

En resumen, si tomamos un mapa actual y detenemos nuestra mirada sobre cualquier punto del mismo, cualquier punto, podremos situar en un radio de 30 Km. una serie núcleos de población, tribus, nombres de ríos y montes, santuarios, batallas … y encontrar cumplida información sobre esos datos en las páginas de este diccionario.

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lunes, agosto 28, 2017

del ilustre cuerpo de espejeros

Del ilustre cuerpo de espejeros








¿Sabían que hace ya mil años las noticias enviadas desde Soria eran ofrecidas a palacio, en la misma Córdoba, tardando apenas par de horas…?





Postas de señales vertebraban todo el territorio califal dibujando una eficaz y bien canalizada red de información, cuyos nudos eran torres y castillos, ciudadelas, minaretes y atalayas, provistos todos de su altura y espejero, visible y vigilante cada uno de su prójimo en ambas direcciones de la propia cuerda, que con otras convergía las señales hacia el núcleo andalusí, en el sur, o irradiaba desde éste los mandaos con destino a la provincia.







Gente prevenida y avispada como ellos (y por demás leída, todo hay que decirlo: un quintal de textos clásicos llegaron a nosotros merced al interés de aquella Córdoba), no tardó en reparar que su finca andalusí quedaba en el solar de la vieja Turdetania, país que fuera en torno al Betis milenio y pico antes, regio donde torres y espejeros ya oficiaban el servicio de correos cuando Aníbal… Y así pronto no dudaron que fuera conveniente levantar por el país las arrumbadas e ingeniosas hannibalis turres*, ya de antaño celebradas por los clásicos.







Parece que de antiguo ejercían por la zona los espejos, vaya...







Pues aún veremos cómo Aníbal, también observador, reparó en cierta antigua práctica del pásalo, entonces descuidada por las tierras de aquellos descendientes de su tío de Tartessos, los mismos turdetanos, primos suyos no lejanos. Y aplicó al oficio su eficacia reparando o levantando torres y extendiendo su control a nuevos territorios. Esto es, sería el deductor de aquellos decadentes ministerios del espejo.







Porque es curioso… y aquí avanza lo curioso... ahora vemos que las postas al servicio de Cartago militaban a su vez por el mismo territorio que cinco siglos antes ya de Aníbal (17 antes de Almanzor) experimentó un fenómeno imprevisto e impensable por entonces -desde el mismo calcolítico aquello no pasaba-, relativo a nuestro asunto: una extensa ocupación de las campiñas. Cosa de locos. ¡Gentes apostando sus poblados en el llano y sin defensas!... Pues tal hicieron éstos, los tartessios, que allí colonizaron campos, roturaron sus parcelas y ocuparon sus poblados.







Un período tan temprano y tan en paz ya nos hablaría de cierta autoridad ejerciendo un sólido control del territorio; luego vemos que lo logra estableciendo jerarquías de poder (como sin duda harían después sus ilustres descendientes mencionados). Y así parece que aquellos indefensos campesinos se acogían confiados al resguardo de un control visual por sus núcleos de tutela, asentamientos hegemónicos*, ciudades fuertes y elevadas que ejercían su control sobre los campos disponiendo torres de señales a cargo de espejeros; ciudades subsidiarias a su vez de aquel señor más fuerte (otros dicen que más santo) que ejercía superior jurisdicción desde -bendito sea el lugar donde se guarde- la mismísima Tartessos.







Pues vaya vaya… Tartessos… Y así parece que esta práctica del teledestello pudo aquilatar también aquellos territorios en un remoto hogaño del VII a.C.







Y no sería de extrañar. Veremos que de galgo debía venirle aquello al próspero tartesio, de terca e inveterada tradición. Así es. Pues no en vano sus antepasados, los curetes montaraces de aquel tartessiorum saltus*, gentes ganaderas de inestable paradero que ocupaban las alturas ejerciendo autoridad sobre pasos y caminos, a fuerza ya gastaban mucho tiempo recostados observando a su ganado y esperando ver pasar a gente a quien quedarle muy agradecidos (suponemos que apelaban principalmente al buen rollo, claro: [esto para ti porque te respeto]; [también zoy alguien y con ezto para ti yo te lo demueztro]; por lo general un talante grato es más oportuno. Y sí, aquí también acudiremos -como está cantado- al encuentro tópico de indios y adecuados, donde pieles, metales, esclavos y hembras les fueron ya sobrando aquí a los curetes a medida que mordían manufacturas engordando su prestigio, conforme a lo adecuado)







Y a eso íbamos, a las manufacturas, ya que una de éstas principal, principalísima, sin duda era el espejo. No lo diría de no integrar en muchos casos esta pieza la muy escasa nómina de imágenes que deja aquella gente por legado. Un catálogo de apenas diez o doce repartidas entre medio centenar de estelas: espada, escudo, carro, perro, hombre, fíbula, hacha, lanza, espejo… Más o menos eso dejaron dicho los curetes consignando en sus estelas cuantos atributos señalaran el poder y las hazañas de un guerrero renombrado, reportando su panoplia bien cumplida, allí sus armas todas, tal aquel ciñó la espada, tuvo escudo y lanza, tuvo carro… ¡¿y compróle espejo a la señora?!







¿?







¡No, por Dios!







¡Qué barbaridad!







Y no es tampoco que no cupieran en aquellas tribus de la edad de bronce los guerreros presumidos, que cabían, y mucho, más sin duda que sus hembras; pero el verse y el mirarse no dan cartas suficientes para entrar a la mismísima panoplia. ¡No a la panoplia! ¡A ese fin tan elevado un espejo de mirarse no daría la talla!... Aunque la daría sobrada destapando su evidente condición de arma, de una que dispara avisos perentorios con destellos alejados, una que depara ventajas decisivas a unas tribus con cuadrillas apartadas.







Y de ahí apuesto al espejero en el país de los curetes estimando más temprana la memoria del espejo como arma. Y aún presumo que sólo en tal naturaleza accedería al epitafio, a lucir con lo sagrado en las estelas, a quedarse asomado por los pastos departiendo con los vivos.







Y a llegar hasta nosotros dilatando al mediodía las señales que evidencian su solar y su linaje.















NOTAS















*Torres de Aníbal. Torres de vigilancia y señales tradicionalmente atribuidas -levantadas o habilitadas- a Aníbal. Actualmente se entiende que fueron utilizadas en tiempo muy anterior por los propios tartessio-turdetanos, probablemente para prevenir las frecuentes incursiones de pueblos de la meseta en sus fronteras. En las mismas se instalaban espejos mediante los que se transmitían señales de una a otra, de manera que la alerta era inmediata para todo un territorio. Se sitúan en los límites de la TURDETANIA, en la Sierra Morena cordobesa, y en la costa mediterránea meridional. Figuran en textos de Tito Livio, Plinio y el de Bellum Hispaniense.







*Ciudades hegemónicas. Por ejemplo Obulco, actual Porcuna. Este núcleo fuerte, junto a su vecino Itucci (Torreparedones), establecieron una amplia colonización territorial en época orientalizante tartessia (VII-VI a.C.), mediante una serie de poblados agrícolas distribuidos en todo el territorio y dependientes de estos núcleos. Ocuparían así el territorio agrícola hasta el Guadalquivir y el Guadalbullón, con la Campiña de Jaén, Porcuna y Arjona. Y como reacción a esta expansión sus vecinos orientales, los MASTIENOS (el protagonismo entre éstos recaería a su vez en el oppidum de Villargordo), establecerían una serie de torres de control y vigilancia, dependientes a su vez de sus poblados, consolidando así una especie de frontera de contención cuya cronología alcanzó a fines del VI o principios del V a.C., coincidiendo con la disolución del propio mundo de TARTESSOS (después el poblamiento de esta zona se concentraría en torno a cada oppidum, abandonando los asentamientos de campiña y sus torres de control, y toda esta comarca se instalaría en un modelo de poblamiento de carácter polinuclear: oppida autónomos y encastillados en si mismos, que conduciría progresivamente ya hacia el iberismo)







*Curetes. Se trata de las tribus pre-tartessias del principio del final de la edad de bronce, hermanas culturales de otras muchas que formaban, digamos, la nación de guerreros a fuer de ser pastores (de sus nietos aquellos que luego les quedaron en el pueblo -cynetes, lusitanos y vettones- serían después pastores a fuer de ser guerreros, y bien empecinados), un contingente humano que ocupaba la mitad meridional del medio oeste (de cuyo extremo al mediodía, según dice Justino, surgirían luego los tartesios), tribus que legaron por mayor patrimonio sus estelas: las desafiantes estelas tartésicas del suroeste.

más de La Menga

Corría el calcolítico por tierras andaluzas y aquellos hombres se dijeron: nuestros clanes han crecido, juntos somos todo un pueblo y entregamos a la tierra muchos más antepasados, ha de ser mayor su vientre pues la tierra parturienta nos devuelve muchos hijos nuevos. Dejen ya los clanes de erigir sus propios vientres, hagamos uno para todos.



Y sin otra prevención, sin ponderar siquiera que habrían de sembrarse y germinar diez veces cada uno para verlo terminado, allí se arremangaron todos los presentes y aprestáronse a pasar sus diez próximas vidas preparando el Santo Vientre para todas sus siguientes carnaduras...



Y aquí tienes el templo inciso en el Vientre de la Tierra donde tantos miembros fueron alumbrados como restos enterrados, sembrados a la espera de criaturas nuevas paridas para ellos, cada cual la suya, durante mucho tiempo, muuuucho a partir de aquel día señalado de su inauguración, allá por el 2500 a.C.

Sin más, la Cueva de La Menga, en Antequera.







(incluyo también reseña de este otro que obraron unos descendientes más modernos, pasadas unas siembras y aplicando materiales avanzados, el de El Romeral (hacia 2.000 a..C.), próximo a La Menga y a una serie de ellos que jalonan el carnac antequerano. De éste se conservan 30 metros de un trazado que alcanza los 85 de diámetro y 8 de altura. )